martes, 6 de julio de 2010

Joder! ¿Y si empezamos a pensar que a Benjamin lo mataron?

Dos papeles de chocolate al borde de una planta
dos muy distintos
y el cielo rosado asiste mi forma de mirar
mi forma de mirar que ya te toca aunque no se pueda.

Te doy un beso mamarracho y te mando unos tantos imperfectos.
Asumo que la vida son otras cosas más pero hoy quiero acomodarte el pelo,
hacer como una casita con tus manos y meterme ahi un rato.
Debe ser por eso que todo lo de afuera aturde,
y quiero que te quiero y la cómoda burbuja y los lentes empañados por el aliento.
¡Ves! por eso no los uso para poder dar besos.
El tiempo sin tiempo pasa,
aunque el tiempo no existe y ya te extraño.

Un Estancia Mendoza a la mitad en mi escritorio de la pieza,
tres augujeritos entremedio por los que se mete la luz;
la sentencia despúes de la tierra,
bocanadas de humo y olor.
Te dejo,
me dejas
y así se termina el día que empezó con nosotros en la misma posición.






Flor lopez

jueves, 24 de junio de 2010

La última mamuschka

Un barquito diminuto gira de manera aleatoria en el charco que se ha formado a dos metros de nuestras
zapatillas de tela.

Hace dos horas había llovido muchísimo,
parecía que se caía el cielo había dicho la abuela.

El barquito está completamente desequilibrado,
distraído,
y con el olor a humedad del pasto entiendo que olvidar a alguien no tiene que ver con la distancia o la
bronca.
Se puede dejarlo ir,
soltarlo teniéndolo al lado,
sin que nunca se entere.

El barro pegado en la suela empieza a endurecerse y nosotros que nunca nos salió bien tocarnos
chocamos las puntas y nos limpiamos el barro.
Las polomitas chiquitas y el cielo rosado (aun),
un mate amargo
que ahora prefiero tomarlo sola,
y un exilio clandestino que me stopea el cuerpo.
Una especie de viento me genera escalofrío a pesar de mi camperita rayada con capucha,
una especie de viento que te re-mueve para siempre y voltea el barquito.
El barquito se hunde en el charco a dos metros ,
se moja ,
se desarma.
Tu olor
mi pelo erizado,
y las pocas gotas que quedan en las hojas que siguen mojando
aun sabiendo que para mi ya todo ha parado.


En la plaza todo quieto,
estático;
y tu imagen ya sin barquito
porque has hundido el barquito
mojado el barquito que era frágil,
de papel de revista,
de diario,
papel celofán,
papel barrilete
de aire no de agua como el barquito.
que sin darte cuenta desarmaste para siempre,
hundiendolo en un reciente charco,
demostrando simplemente todo,
todo lo que tenías por demostrar.

 
 
 
 
 
 
 
 
Flor Lopez

martes, 25 de mayo de 2010

No flasheo ninguna boludez solamente digo lo que veo



“Hay lugares en los que a veces
simplemente no se puede entrar”




Domingo eso dice mucho,
El Patio Olmos y yo que me quiero sentar en la rotondita de afuera pero una paloma me asusta,
no me deja.
Creí que iba a haber más silencio,
menos bullicio,
pero no.
Es domingo,
se ve que eso ya no dice tanto.




Me molesta el calor, el pullover y el calor que no había prometido hacer,
me siento en un banquito, en frente del Patio
el único que es enorme
iluminado y cerrado.
En el banco al lado mio una señora de remera violeta y zapatitos como los de Batistella, los que compra mi vieja cada vez que viene a Córdoba.
Un hombre de campera negra dice: “le iba a decir que si pero..” no alcanzo a escuchar la excusa. Me enojo, quería escuchar la excusa, quería saber por qué una persona pelada, con campera de cuero y jean apretado en las bolas no dice que SI.
Se va la señora, la pasan a buscar, la pasan a buscar.
Mucha gente camina por la Velez el domingo a la tarde,
no lo había notado.






Una mujer rubia grita: “¡Doris…, chicas!”
de una cuadra de lejanía
pasa corriendo por mi banco y pienso que suerte que no se cayó con esos tacos.

Un señor se para en la otra punta de mi banco, del banco que por un ratito era mio y yo creo que se va a sentar pero no. Termino de decir esto y giro la cabeza al semáforo un perro beight esta parado en la senda del peaton y se da cuenta de que no puede y se aleja y yo pienso que hasta los animales son más vivos que yo para darse cuenta.


Después caigo de que a nadie le interesa en lo más mínimo lo que estoy haciendo.
los que cruzan la calle ahora cruzan ante mi, cruzan la vereda como cruzan la calle.




Un chico de lentes muy bien vestido (según yo)
y un nuevo señor con el que comparto el banco.


Pienso en qué hago acá, en que no quiero eso ni nada.
La gente me mira ahora,
debe ser por los lentes.
Urbanamente eso es la urbe, un montón de gente,
no hay misterio.
Un chico se sienta al lado mío y me dice “que tal” y yo no respondo. Me creí demasiado lo de testigo, lo de la ausencia, ahora no creía que la gente fuera realmente capaz de verme.
El chico esta sentado perplejo, con la mano se sostiene la cara, y tiene puesto un traje.
No flasheo ninguna boludez solamente digo lo que veo.

Hace cinco minutos me doy cuenta que no me gusta compartir el banco.
ahora tengo frío y vergüenza de la gente que no conozco.
¿Cuándo se va a hundir la calle?
¿Porqué soporta callada tanto peso?
Que peligrosidad la de lo cotidiano, si uno quisiera le podría tener miedo a todo.
Todos fuman, ¿porqué todos fuman?
intento fuma pero a la tercera lo apago. Hay cosas que me salen solamente de noche, como entrar al Patio Olmos, cuando la mayoría de las cosas están cerradas, los caminos obturados.






Segundo trole, primeros hippies,
y en el banco de al lado un señor que saluda a varias personas, se ve que siempre viene, o algo así se me ocurre.
Digo de nuevo: tengo frio.
Lo curioso de los bancos es que siempre da la impresión de gente que espera. No sé que cosas, pero las espera. Según los otros que las miran.
Digo por tercera vez: “tengo frío”
y el señor “saludador” para mi noticia se ha ido.
en frente un par de hippies siguen sentados también esperando.








Veo a todos solos y por primera vez pienso que a la soledad la podríamos confundir apropósito con el miedo al riesgo.
Tercer trole
(que veo)
y un pendejo hermoso al que nunca voy a hablarle.
Un nene llora de la mano de su madre,
tres nenes piden en frete solos.






Todavía es de día y veo la luna
no entiendo porqué veo la luna y me agarra un ataque y quiero decirle a todo el mundo que es de día y se ve la luna.

lunes, 17 de mayo de 2010

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Mayo se deja rastrear entre un frio helado que nos ataca casi a la mitad.


Saco el pullover de rombitos de arriba del ropero y casi me caigo por no querer pisar mucho la silla.
Uso el largo de mi departamento para correr y calentarme los pies;
siempre se me congelan los pies,
se me endurecen, y empiezo a estornudar.
“Soy re flojita “ te cuento,
siempre me enfermo por todo.


Además del café y de las medialunas de la esquina,
me gusta que cuando hace frío me dan ganas de estar más cerca de la gente.
“todos parecen más lindos” dijo un chico.
Para mi no, son iguales solo que más abrazables.


En la Facultad tres personas me dijeron:
“Estar tierna para abrazarte”,
entonces miré para cualquier lado y les dije que era por el buzo.
Así corroboré mi teoría:
Los buzos no calman el frio, los abrazos si.


Un buzo que inspire abrazos es la solución para todos tus problemas,
los kilombos del frio,
y esas boludeces.
El resto:
Un plato de fideos con aceite y queso,
una chica teñida dando vueltas que me atosiga en el celular,
una brillantina violeta en la punta de tu dedo




anular.












Flor Lopez

domingo, 9 de mayo de 2010

dibujito: Anuar Chichero


No sé si tu perfume es tan común o será que he aprendido a reconocerlo en todas partes


A veces no saber qué decir puede ser tambien una forma de estar encerrado.

lunes, 26 de abril de 2010

Esto no tiene nada que ver con la miopía señora, pero es que le juro, no puedo ver más allá





Ayer Domingo me convencí  que debajo de nosotros debe haber algo.

En general las cosas tienden a congelarse,
y puedo asegurar que eso no tiene que ver ni con el Otoño ni con frío.


Atrás de mi
el armario ese
que guarda tantas porquerías,
que nunca acomodo,
porque cada vez que pruebo no me sale;
la mesa,
la laptop en la mesa
y mi zapatilla que raya el piso parquet,
que creíamos que “iba a ser más cálido”,
pero es igual.

En la pared: el calefactor,
más esa misma pared que se va a manchar por el humo del calefactor,
que hace poco pusieron,
que hace poco empezamos a prender.

No hay nada detrás que me venga bien,
o hay tantas cosas que se esconden,
y me canso de buscarlas,
irremediablemente me canso.

El día me dio ganas de que fuera este día por mucho rato,
le robo un pulover a mi hermano y salgo.
Elegimos el bar de nuestros inviernos
y a mi se me da que esta estación 
-helada- 
nos jode para que extrañemos  gente.

“Un café doble con crema y una factura” le dije
y de pronto todas empezaron a hablar mucho,
la gente se movía intuyendo cosas más allá de la gente,
y de pronto un alboroto;
y a mí se me generó una confusión enorme por que
la Vero me mandó a que eligiera la factura;
y se suponía que era una bar donde te traen las cosas,
donde hay un catálogo elevado con precios y ofertas,
donde las cosas se piden
y por eso nos quejamos,
por “elegir sin mirar”.

Si hubiera una sustancial diferencia entre un café y la vida,
ya alguien la hubiera escrito.
El azúcar,
mi mano revolviendo el azúcar;
las chicas diciendo muchas cosas;
unas viejas llenas de joyas,
diciendo pavadas;
la mesa;
el vidrio;
la raya que algún pelotudo dejó en la mesa;
la mitad del café frio;
la moza que lo calienta;
un partido de no se que en un tv 14´.

Todo lo que está ahí,
es lo único que siento.
A eso de las 10 miro el celular y
pienso que el piso late,
late todo el tiempo,
desde  abajo
y nadie se da cuenta.






martes, 13 de abril de 2010

Poema: cada vez me cuesta más ponerte titulo

Hace exactamente cinco meses que desde mi balcón veo una bandera de Boca re-utilizada como cortina en un edificio vecino;
y no puedo pensar en otra cosa,
más que el trágico hecho de que lo único que sé de ese vecino es que es de Boca.

Hoy es el primer día de Otoño en Córdoba;
o el primero que noto.
Porque hace mucho tiempo no prestaba atención;
no me daba cuenta de las cosas,
y de los días.

Odie tanto tiempo a las palomas y ahora creo que las envidiaba,
o envidiaba eso que tienen de poder pasar de un lugar a otro,
de una ventana a otra
como si nada.

Digo que es el primero porque una vez escuché que “el Otoño descuelga todo”;
algunos prefieren tomarlo como un imperativo categórico;
a mi me parece una frase coherente.

La tristeza es a veces eso,
no saber donde poner la mirada;
no saber sobre el tiempo,
o que se te olviden las manos.

Cuando todo se empeña en hacerme sentir inmaterial
aparece una señora en la esquina con una bolsa de súper,
y le pega a un perro que intenta violentar sus pertenencias,
sus cosas;
y pienso que comparto con la señora lo de intentar destruir las cosas que me violentan,
que me amenazan.

Al costado de mi,
otra vecina trapea el balcón con su novio en cuero que la mira,
y después trapea él,
y así los dos,
y se completan.

El detalle es que no sé si hace frío porque me niego a abrir las ventanas;
que corro apenas las cortinas y veo que es Otoño,
pero que no las abro,
que no las toco.

Al frente de mi cama hay una foto de la torre de París,
por las lineas y los colores,
la torre se esconde como imperceptible,
es decir casi nadie sabe que es la torre,
hasta que les cuento que es la torre.
Hasta que con el dedo les remarco la punta y despues me deslizo por uno de sus laterales,
y sin sacar el dedo de la foto les digo:
"mira ves!!,
ves que es la torre???"



Nunca pensé que fuera tan difícil decir que hace un tiempo me habías empezado a doler adentro.




(amigafotografapreferida)