La luz estaba cortada,
apagada;
en el centro, en la plaza, en absolutamente toda la ciudad.
***
La luz no se puede acabar,
no se puede desaparecer - pensaban varios con desesperación-
no los días 24 y menos el 24 que se va a hacer Navidad
***
Aunque –creo- todo el mundo era relativamente conciente de lo momentáneo,
de alguna manera rondaba en la cabeza,
en los susurros,
y –lo que era peor- en los gestos (alumbrados apenas por velas)
ese pensamiento apretado,
concentrado,
de que había algo;
había algo que estaba ocurriendo y que no podía ser;
que lógicamente –diría primo Julián- no podía ser.
***
Una vez naturalizada esa oscuridad pasaron varias cosas,
entre ellas la anécdota de Tio Alberto que caminando con confianza por el pasillo
-cuando faltaban diez para las doce-
se dio un golpe seco en la cara y se rompió la nariz contra el mueble
-que siempre había estado ahí-.
La sangre le ensució la ropa de salir
-que ya se había puesto-;
también el piso quedó chorreado.
Varios- sobre todo las tías- dieron un par de alaridos
-cortos pero salvajes-
Aunque nadie dijo nada de lo que hoy me acuerde;
puede que nadie se haya atrevido a hablar sin que se le viera la cara.
***
Lo sorpresivo eran los pendejos de la cuadra
que también permanecieron callados;
ni un solo cuete, ni estrellita, ni relámpago.
Solamente un estruendo a las y cincuenta y ocho me hizo temblar la copa
que ya tenía en la mano;
y girar con champaña y todo alterada hacia la ventana.
Debía de haber sido Fredy,
el de la esquina (pensé) ;
cuarentón, soltero y adicto a los fuegos;
seguro fue Fredy (me convencí).
***
Mientras las copas chocaban en ese acto solemne
algo seguía ocurriendo que ya no racionalizábamos.
Después de las doce nada parecía haber cambiado;
puse al niño en el pesebre;
el niño,
el que faltaba.
Nadie más volvió esa noche al árbol;
habíamos decidido no hacer regalos ese año.